Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

martes, 16 de mayo de 2017

153) Genocentrismo VII


Genocentrismo VII.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (16/05/17).


*


*Empatía. Sentir el mundo como lo hace el otro (el otro individuo humano, el otro ser vivo…). Ponerse en el lugar del otro.
La simulación del sistema perceptivo de algunos organismos (el ojo de la mosca, por ejemplo). Los colores (las frecuencias) que perciben otros seres vivos –su espacio del espectro electromagnético.
La simulación del mundo entorno percibido por cualquier especie. Foto-receptores, quimio-receptores, mecano-receptores… Formas, colores, sonidos, vibraciones, palpaciones, sabores…
La vida que se apercibe de sí es siempre una y la misma. En la ameba o en el humano.
El ‘ich’ de la célula (y de todo ser vivo) se encuentra en su genoma –‘es’ su genoma. Se encuentra en el protoplasma, ciertamente, pero no en todo éste y repartido –por así decir.
Perspectiva y conciencia de sí. El lugar desde el cual se mira, se palpa, se va… determina el ‘quién’.
La mirada antropocéntrica (fenocéntrica o cariocéntrica), y la mirada genocéntrica.
Colocarse en el lugar de la vida; en el lugar del creador, no de la criatura –del  genoma y no del soma (cualquiera que éste sea).
El centro irradiador. El ‘yo’, el sujeto último en toda volición, en toda percepción y apercepción, y en toda actividad. La sustancia genética libre o enucleada; la sustancia viviente única.
El lugar de la vida; la perspectiva de la vida. Conciencia de sí no como ‘hombre’,  sino como vida.
El paso de la periferia al centro. El centro es el origen (ur-eigen), es el uno primordial (ur-ein). El lugar del ‘uno’; el lugar de la vida.
La conciencia transespecífica. Más acá de la forma específica (el cariotipo, la especie), más acá del soma. La conciencia génica. La conciencia del ser mismo de la vida.
Nosotros somos la vida. Simplemente.
Decir vida es decir percepción y apercepción, es decir pensamiento y memoria, es decir voluntad… Todo aquello que decimos de la vida es vida –consustancial a la misma vida.
La vida no puede ser sino inteligente, memoriosa, volente, pujante, semoviente…
¿Por qué no hablar de vida descendente y de vida ascendente? Las palabras de los hombres no son más que síntomas de su sistema vital (al decir de Nietzsche).
La vida habla en el hombre (en la criatura) a pesar del hombre. Vida cansada, agotada… pretérita, senil… contra vida activa, voluntariosa, creativa… futura. El nihilismo que Nietzsche detectó. El agotamiento, la decadencia de la vida en el hombre. Vida cansada de sí misma.
Me niego a pensar en la vida cansada de sí misma. Es la voz de los últimos hombres, de aquellos que aún no ha encontrado el lugar del ser. Muertas o derribadas las ilusiones antropocéntricas del pasado, el ‘hombre’ no encuentra lugar que le satisfaga. Pero el hombre es algo que tiene que ser vencido, superado, adelantado, dejado atrás.
La crisis de identidad antropocéntrica (esa pertinaz ilusión). Viento, fuerza sin norte. Porque el hombre no mira al centro, al origen. El hombre (la criatura) sigue prendido/prendado en su imagen. Se sigue teniendo como el vértice de la evolución. Y ahora se complace con la decadente, mórbida, pálida imagen de su fin; se complace en la muerte.
La impostura de la criatura. La soberbia, la arrogancia. La ignorancia, la estupidez. La usurpación del lugar santo, del lugar del ingeniero, del creador.
La descentrada perspectiva humana (su particular ilusión). Creerse el centro.
La vida desalojada, apartada, descuidada… usurpada.
La voz del hombre se opone a la voz de la vida. El egotismo del hombre, de la criatura. Egotismo devastador, destructor, aniquilador…  Absurdo, loco, delirante…
Como vida, nada proveniente de la vida nos debe resultar ajeno. La línea ascendente, la línea descendente. La línea de la fuerza, la línea de la debilidad… La luminosa y la oscura…
La presa y el depredador. No puede ser lo uno sin lo otro. Es la armonía inaparente. Es una ‘biodicea’, si se me permite el neologismo.
La construcción/creación del mundo (interno). ¿Quién interacciona con el medio; quién se hace una idea de éste? ¿Quién interpreta?
La mentira, la simulación, el engaño… La capacidad de simular otra ‘realidad’, otro ‘mundo’, debería hacernos reflexionar. Porque el engaño se hace para el otro –se  le hace creer al otro que se está muerto, por ejemplo. Podemos decir que tanto para la ‘conciencia’ del engañador como para la ‘conciencia’ de la víctima, ambos están en el mismo ‘mundo’. Los respectivos ‘mundos’ no pueden ser tan inconmensurables o incomparables.
La simulación en la caza. Las fintas en las carreras entre depredador y presa (el engaño mutuo). Las estrategias de engaño (el hincharse o el desplegar el plumaje simulando ser más grande de lo que se es…). La ‘mimesis’.
Me atrevo a decir que nadie está más cerca de la verdad que el mentiroso.
La verdad y la mentira son consustanciales a la vida. La fuerza bruta, la violencia… la ternura, la piedad… La indiferencia y la solicitud, e incluso el sacrificio (las madres se sacrifican para salvar a las crías). La defensa y el ataque…
Todo es función de la supervivencia (aunque la madre perezca, los genes se salvan si se salvan las crías). En la vida, la sustancia genética tiene la primacía (manda).
Todo aquello que observamos en las criaturas podemos atribuírselos al creador.
Tal vez esté aquí la fuente de nuestra libertad –de la libertad de la misma vida. Nuestro comportamiento es el de la vida. La elección (el camino).
En nuestra mano está el ser veraces o falaces. Todo depende de las circunstancias. Si la vida corre peligro, por ejemplo. O en vistas de alguna ganancia (de alimento, de prestigio, de poder…).
Un mundo en el que se puede hablar de apariencias… Todo ser vivo es consciente de esto. Si sufre engaño o no. Si es verdad aquello que percibe… 
Esta dualidad entre apariencia y realidad, vivida por todos los seres vivos (por la vida), es digna de ser pensada.
Discernir, saber/poder discernir entre la apariencia y la realidad; entre la verdad y la mentira. Esto da por supuesto que hay una ‘verdad’ –un mundo verdadero.
No ser engañado. Que no nos engañen las apariencias, o las mentiras del otro.
La inteligencia para discernir, para no caer en la trampa (en la simulación, en el engaño) que nos tiende el otro (o aquello que se nos aparece).
El amigo y el enemigo. La competición, la concurrencia.
La voluntad de verdad tiene que ver con la misma vida. Es esencial para la supervivencia, para el dominio del medio. Saber con certeza por donde vamos, si eso es lo que parece ‘ser’ (lo que a primera vista ‘me’ parece que es)… o cuáles son las verdaderas intenciones del otro.
Un mundo en el que puedo ser engañado, en el que puedo también equivocarme en la apreciación (ponderación) de lo que me rodea.
Este es un tema fecundo y que nos pone sobre la pista de algo que no acertamos aún a decir (a nombrar).
Nos movemos en un mundo de apariencias y realidades –en el que ‘yo’, la misma vida, participo. Nosotros, la vida, contribuimos al engaño, a la ilusión.
Esa criatura quiere que yo, que aparezco en su horizonte, crea que está muerto, o que es venenoso, o que es grande y peligroso…
La vida es consciente de esto desde su origen. La simulación en los ataques de virus a las células. La vida siempre cuenta con esto en su deambular –que puede ser engañada, y que el engaño puede tener consecuencias fatales para el propio ser. Es vital este discernimiento, esta intelección, esta interpretación no errónea del medio entorno.
Una aprehensión no errónea, no engañosa, cierta, certera… Para esto se requiere inteligencia, experiencia, memoria… mundo interno, apercepción.
No querer ser engañado. Voluntad de verdad. El dominio del medio es esencial para la continuidad de la misma vida.
El mundo interno que se construye cada especie o grupo es verdad en el más alto sentido.
Moverse entre la apariencia y la realidad.
El ser que puede mentir; que puede ser engañado.
Todo esto nos pone sobre la pista de la verdad, y de la voluntad de verdad. Hay un mundo verdadero, después de todo. Es un mundo en el que nosotros podemos saber si se nos miente, o si estamos equivocados. El referente último, por consiguiente, es el (un) mundo ‘verdadero’.
Como se ve la vida juega con todo esto. Se mueve en un mundo real, cierto. Porque el engaño y el error forman parte de este mundo verdadero.
La atracción, la seducción fatal. Las trampas mortales (las que las plantas carnívoras usan para atrapar insectos).
La mentira y el error traen de suyo la verdad y el acierto (la certidumbre).
Entre la mentira y la verdad, entre lo verdadero y lo falso, entre la apariencia y la realidad…
La vida introduce en este mundo la simulación y el engaño. El medio abiótico no engaña, puede confundirnos (podemos engañarnos con respecto a él), pero no miente. Sólo la vida puede mentir.
La vida también introduce en este mundo la voluntad de verdad.
La incertidumbre de la criatura es la incertidumbre del creador. No hay otra incertidumbre que la del creador (la del ingeniero, la de la sustancia genética).
Bien, nada de esto sería posible sin la previa señalización, semiotización o simbolización del mundo entorno, de un mundo entorno interpretado.
*La sustancia genética se aísla del mundo entorno, protege su delicado y frágil ser. Desde las fundas o cápsides víricas hasta los dispositivos somáticos peri o extra nucleares.
El contacto que se tiene con el mundo entorno es un contacto diferido.
Lo que la sustancia genética posee del mundo entorno es una idea, una representación –en virtud de sus receptores de membrana y de las transducciones que le llegan. Y esto sucede en todos los niveles de organización (en todos los organismos o seres vivos).
El mundo entorno es un medio a aprehender, a asimilar… a ‘dominar’.
El término ‘dominio’ tiene el sentido de ‘maestría`, como cuando decimos que fulano tiene un gran dominio en tal o cual materia (de actividad o de conocimiento) o instrumento musical. Dominio, pues, como maestría y como suma familiaridad con el medio biótico y abiótico. Intimidad, familiaridad.
La ‘bondad’ de la representación es esencial para la continuidad de la misma vida. Cuanto mejor sea la representación que del mundo entorno se tenga tanto mejor para la vida. La excelencia, la optimidad en la representación.
Representación y mundo interno –subjetividad.
Mundo entorno interiorizado –previa transducción.
El soma (el fenotipo) del cariotipo específico humano. Su aptitud. Su complejidad.
Entendernos como vida, como sujeto último. Nosotros somos la vida. Experimentarnos, vivir… pensar, querer, sentir…
El misterio de nuestra existencia en el mundo –la existencia de la vida. El ser viviente. 
Hasta ahora (aún ahora) habla el hombre, la criatura. Sus palabras no nos sirven. A partir de ahora queremos saber lo que dice la vida.
La vida debe tomar la palabra en el hombre –el creador en la criatura. El hombre debe callar… debe desaparecer.
El hombre ha usurpado la obra de la vida. Es la vida la que estaba detrás de sus creaciones; de su arte y de su pensamiento. 
Podemos decir que la vida siempre ha hablado en nosotros.
La pregunta por el ser, en sentido heideggeriano, no la hace el hombre, sino la misma vida.
Todo lo que sucede en la naturaleza viviente, todas sus manifestaciones… es obra de la vida. Es la vida la que se expresa en cada una de las formas vivas. En el mundo microbiano, en insectos, en aves, en peces… en árboles y plantas de todo tipo…
Es la vida la que canta, muge, brama… Son los sonidos, olores, y colores de la vida.
El ser viviente que subyace como sujeto único en todo organismo.
Este cielo, este aire, esta luz… La tierra, el suelo, el agua… La presión, la gravedad, la temperatura… Todo aquello que contribuye a nuestro ser. Nuestro ser con  el agua y la luz… La cuna, el hogar, la casa… la morada.
Nos fascina este entorno abiótico. El espíritu de maravilla no puede venir sino de la misma vida.
Los mundos biótico y abiótico co-evolucionan a una. Mutuamente se afectan. La temperatura o la atmosfera no son entes invariables y eternos. La vida interviene, contribuye… transforma, habilita el medio abiótico. Y a la inversa, los cambios ambientales sobrevenidos afectan a las formas vivientes.
La naturaleza del suelo, del agua, del aire… tiene que ver también con la actividad de la vida en este planeta.
El aspecto, la faz de este planeta es obra de lo viviente y de lo no viviente. La interacción, la co-implicación… La obra común.
Respeto, veneración. Cuidado, protección. La vida necesita cuidar, proteger su hogar. Protegerlo de sí misma, en primer lugar.
Sólo en la especie humana la vida aparece como consciente de sí misma y de las consecuencias de sus actos. Esta afirmación puede parecer precipitada o gratuita, pero en mi opinión no lo es. Basta observar el comportamiento predador, explotador, devorador… de todas las formas vivas, completamente indiferentes a las consecuencias del crecimiento demográfico, o a la posibilidad de aniquilación de sus fuentes de alimentación (esto sucede con los herbívoros y con los carnívoros).
Los desastres ecológicos o ambientales no son obra exclusiva de los humanos. Las innumerables formas vivas no cuidan ni mucho ni poco de su medio entorno.
Sin embargo hay que decir que las perturbaciones que las formas vivas ocasionan en el medio entorno no tienen ni de lejos el alcance o las consecuencias del modo de vivir de los humanos (sus métodos de explotación del medio entorno).
Dicho esto, repetimos que únicamente en el cariotipo humano se ha dado tal conciencia. Es la vida, pues, la que introduce, por medio de su criatura humana, la moral y la conciencia ecológica en el mundo. Es la vida, en último término, la que habla aquí y dice su palabra.
La conciencia génica o genómica, la conciencia de ser sustancia genética, esto es, la misma vida, supone un salto evolutivo sin precedentes en la historia de la vida en este planeta –en toda nuestra historia. Éste es el momento que vivimos.
Empezamos de nuevo. Todo por hacer. Una nueva cultura a la altura del saber nuevo. Ahora nos sabemos. Ahora somos conscientes de nuestro ser. Ahora sabemos quiénes somos. Nosotros somos la vida.
Ser es vivir, es pensar, es querer… No hemos de buscar más el ser nuestro. Ahora es el ser nuestro el que se interroga acerca de su ser y del ser de aquello que no es –el entorno abiótico. El ser de lo ente en su totalidad.
Nosotros somos la materia inteligente y pensante en el cosmos. Materia viviente, y consciente de sí. Tal conciencia y tal saber eran nuestro destino. Esta autognosis, esta revelación. Ahora iniciamos una era infinita. La era de la vida.
*
Hasta la próxima,
Manu

viernes, 5 de mayo de 2017

152) Carta a un amigo. En respuesta a un comentario


Carta a un amigo. En respuesta a un comentario al post ‘Genocentrismo I’.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (05/05/17).


*


*Querido C., el etnicismo (el identitarismo) arya de los nacionalsocialistas no era ni etnocéntrico, ni racista, ni supremacista. Fijate, por ejemplo, en los voluntarios de la SS que provenían de todas las naciones y de todas las razas.
La mayoría de la población adopta, por pereza mental, los términos  y la imagen que la persistente e insidiosa propaganda del ‘sistema’ difunde desde hace décadas para referirse al nazismo (etnocéntrico, racista…). Pero también algunos identitarios, por desgracia, adoptan estos términos como propios del ideario identitario; adoptan la imagen negativa del identitarismo que difunde el ‘sistema’. Hay que decir, sin embargo, que el nacionalismo étnico alemán (el primer nacionalismo étnico; el primer identitarismo) no fue nunca ni etnocéntrico, ni racista, ni supremacista.
El único pueblo de la historia explícitamente etnocéntrico, racista, segregacionista, supremacista, e incluso genocida, que se conoce es el pueblo judío. Consúltense sus textos sagrados (sus textos programáticos).
Una cosa es defender las razas y los pueblos y otra cosa es permitir que otra raza u otro pueblo puedan intervenir o mandar en los asuntos de tu propio pueblo. Y esto es lo que ocurría en Alemania con los judíos y su activa presencia en todos los campos de la cultura –política, economía, prensa, literatura, cine… La presencia judía en la vida cultural del pueblo alemán era abusiva y peligrosa, como abusiva y peligrosa es la presencia que hoy tienen en la vida cultural, económica, o política de los USA. Se podría decir que, hoy día, y desde hace décadas, los judíos (Israel) dirigen el destino de los USA. Ahí tienes el último gobierno, el de Trump, con su yerno judío…
Ya sabemos que los judíos que se infiltran en nuestra vida política, económica, o cultural no velan sino por sus propios intereses, y no buscan sino promocionar a los suyos. Por lo demás, siempre procuran alterar (hacer otra) la atmósfera cultural de un pueblo –hacerla favorable a sus intereses. Los efectos devastadores que sobre la culturas de los pueblos blancos ha tenido, y tiene, la influencia judía (la ‘intelligentsia’ sionista; los intelectuales ‘orgánicos’ del sionismo) están a la vista. Véase como se desnaturalizan y desvirtúan nuestras naciones ancestrales… Atiéndase al origen de las ideologías (religiosas o políticas) que sustentan, que legitiman, que avalan… tal destrucción.
El Estado nacionalsocialista apartó a los judíos de la vida política, cultural, y económica del país impidiendo así que estos pudieran seguir medrando a costa de los nacionales. El identitarismo, políticamente hablando, impide que cualquier extraño, venido de donde fuera, pueda influir en el curso de la vida de los nacionales. Esto es todo. Un pueblo-Estado-nación étnica y culturalmente homogéneo es el proyecto. Aristóteles no encontró una ‘política’ mejor.
La exclusión de los extranjeros de los ámbitos de la cultura y del poder era lo más anti-sistema y anti-globalización que se pueda imaginar (pues iba en verdad contra el incipiente ‘sistema de poder’ (la nueva oligarquía) trans-nacional que se estaba instaurando en el mundo). Y por esto los ‘aliados’ le hicieron la guerra y destruyeron aquel proyecto de nación identitaria, y por esto mismo lo siguen atacando hoy en nuestros medios de comunicación, en nuestra literatura, en nuestra filosofía, en nuestro cine… en nuestra cultura de masas toda. Porque el identitarismo es el mayor peligro y la mayor amenaza para el globalismo (el imperialismo), sea el capitalista, el comunista, el cristiano, o el islamista. El identitarismo se opone a cualquier ‘universalismo’. La derrota del nazismo supuso a la larga la derrota de los pueblos del planeta. El identitarismo nazi era el modelo, la muestra, la vanguardia… la esperanza de futuro de los pueblos. No olvidemos la prosperidad alcanzada por el Estado nacionalsocialista     (comparándolo con los Estados capitalistas y comunistas de la época) durante el sexenio de paz (del 33 al 39). Claramente, no se podían tolerar aquellos éxitos –que arruinaban el prestigio y los mismos fundamentos ideológicos de unos y de otros.
Esta es la enseñanza del identitarismo nazi al respecto: “que cada pueblo tome las riendas de su propio destino” –si quiere seguir siendo (añadiría Heidegger).
Hoy, se diga lo que se diga, los pueblos han perdido soberanía, autonomía, independencia, libertad… El poder está hoy en los órganos internacionales del ‘sistema’ (ONU, OTAN, FMI…). ¿Quién manda en estas instituciones?
El ‘sistema de poder’ actual es el más interesado en el desarraigo cultural y étnico de los pueblos, y en la proletarización de las masas resultantes. La destrucción de los pueblos que estamos padeciendo –tenemos centenares de pueblos en vías de extinción, lo que supone pérdidas de lenguas y culturas, pero también de información genética (esencial) acerca de la evolución de los subtipos de la especie humana– tiene todas las trazas de estar planificada. Efectivamente, los pueblos o naciones étnica y culturalmente diferenciados (las ‘diferencias’) son un estorbo para los ‘globalizadores’ (homogeneizadores) de todas las épocas y de todas las latitudes.
Los que niegan, en la teoría y en la práctica, la existencia de razas (de subtipos del cariotipo específico humano) son los únicos genocidas en este planeta.
El ecologismo o el biocentrismo deberían ocuparse más de los pueblos, porque estos son también ramas del árbol de la vida. El desastre etnológico (la pérdida de pueblos y culturas) de los tiempos presentes no tiene precedentes en nuestra historia. Es un signo más del ‘progreso’ aniquilador de la oligarquía dominante –su actitud anti-vida (en todos los sentidos); su ‘éthos’ violento, mixtificador, codicioso... destructivo. No son sólo enemigos de los pueblos, son también enemigos de la vida. O quizás sean lo uno por ser lo otro. El ‘sistema de poder’ actual es el más poderoso y el más destructivo de los ‘sistemas de poder’ que este planeta viviente haya padecido jamás.
Como habrás observado ahora escribo desde el genocentrismo (desde Gaiia), desde la sustancia viviente única. La lucha es más amplia de lo que a primera vista pudiera parecer. Hay fuerzas pro-vida, y hay fuerzas anti-vida entre nosotros, los miembros del cariotipo humano. Ésta es la verdadera batalla que se libra. Se trata de estar del lado de las fuerzas pro-vida (sean éstas identitarias o no). Porque hay algo que es más grande que los individuos, los grupos, los pueblos, o incluso las especies, y es la misma vida. Y esto es lo que peligra hoy. El enemigo de los pueblos lo es por ser, antes que nada, el enemigo de la vida. Es preciso formar un frente amplio con las fuerzas pro-vida, sin exclusiones –ni étnicas ni culturales. Contra los destructores, los explotadores, los aniquiladores… contra las fuerzas anti-vida.
Hoy es la vida contra la muerte.
*
Saludos,
Manu

sábado, 22 de abril de 2017

151) Genocentrismo VI


Genocentrismo VI.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (22/04/17).


*


*Genogramas. Hierogramas. Runas de la vida.
Los textos brotan como de un manantial. A borbotones. (Los míos, quiero decir). Lamento no poder comunicarme de otra manera. Ya quisiera extenderme prolijamente, pero no está a mi alcance tal habilidad. Otros en el futuro lo harán tanto mejor.
Síntesis  de expresiones relacionadas con la vida. Metáboles. Productos del metabolismo.
Para elaborar las síntesis, las metáboles, se requiere entrada de material (de información). Sin entrada, no hay salida.
Cuanta más información poseamos acerca de la vida, más aprovechables serán las síntesis que elaboremos; más justas, más verdaderas.
Hemos de conocernos más y mejor. Necesitamos conocernos más y mejor.
Las ciencias de la vida son el camino –el camino que a nosotros conduce.
De todos modos, este camino, una vez comenzado, ya no se puede abandonar. Nosotros estamos ya en camino.
Un solo paso más, el llegar a ser conscientes del camino iniciado. El camino de la vida. Tarde o temprano la ‘humanidad’ en pleno (todos los pueblos y culturas) se reconocerá en la sustancia genética. Llegará a ser lo que es. No importa cuánto tiempo se tarde. El final es la autognosis colectiva, total. No habrá residuos antropocéntricos.
La vida se reconocerá a sí misma en el cariotipo humano, y éste dejará paso a la vida. Las visiones, las interpretaciones, las representaciones… los mundos humanos desaparecerán –quedarán sólo como recuerdos del viejo ‘homo sapiens’.
Ahora el “llegar a ser el que se es” nos dice acerca de nuestra naturaleza viviente, de nuestro ser genético. Llegaremos a ser lo que somos, lo que siempre hemos sido, dicho sea de paso.
Nunca hemos dejado de ser aquello que somos. Pese a las confusiones y alienaciones a que hemos estado sometidos. Pero nos ignorábamos, nada sabíamos acerca de nosotros. Las palabras de los hombres nos confundían y nos desviaban de nuestro ser. Sólo en estos tiempos el camino se nos ha hecho claro. Nuestro ser, nuestra identidad primordial se nos ha revelado.
Ya no volveremos a ser los que éramos. El viejo ‘homo sapiens’ ha quedado atrás.
La sabiduría prestada en el ‘hombre’, ‘su’ inteligencia. Era la vida, siempre inteligente, la que pensaba y reflexionaba en el hombre. Su diferencia específica era la vida quien la marcaba.
La vida es el pastor del ser. No el hombre. La arrogancia de los humanos hasta el último momento. Heidegger. Los (neo)humanismos de última hora (desde el existencialismo).
Incluso en tiempos de la revelación de la sustancia genética siguen circulando ‘humanismos’. Incluso donde no lo esperabas. Naess, Potter, Jonas… La ‘ecología profunda’, la bioética, la ‘responsabilidad’… No acaban de despegarse del ‘hombre’. Las ciencias de la vida (ecología…) son ahora un camino para la autorrealización del ‘hombre’… Las últimas ilusiones antropocéntricas, en virtud de las cuales el hombre sigue teniéndose a sí mismo como el protagonista de la historia de la vida. Sigue arrogándose un papel que no le corresponde, sigue usurpando.
Cualquier iniciativa que venga de los hombres, por muy bien intencionada que esté (Leopold, Heidegger, Naess, Potter…), sigue teniendo al hombre como finalidad (su autorrealización…).
El ‘hombre’ es el problema, no la solución.
Son los últimos tiempos del ‘hombre’, son los últimos ‘hombres’. Esto vivimos.
Guerra al hombre. A sus delirantes mundos, a sus delirantes querellas… A sus arrogantes iniciativas, a su pertinaz antropocentrismo. A su vanidad.
Vaciedad del hombre, de su cariotipo, de la criatura… Mero cuerpo de la sustancia genética, mero vehículo, mero instrumento…
Vernos, tocarnos, hablarnos… como sustancia viviente única. Más allá del hombre. Querernos, amarnos, estimarnos…
Ver al creador en la criatura. El ‘alma’ en el cuerpo. El fondo, el fundamento, el principio… La esencia común; el ser común. El ser que somos. La vida.
 El ‘hombre’ es el obstáculo para tal ‘autorrealización’. El “llegar a ser el que se es” humano que ahora circula (Naess…) es un obstáculo para la autognosis de la misma vida. Adviértase además que en el “llega a ser quien eres” de Píndaro era otro ‘ser’ (humano) al que se aspiraba (otro modelo, otra idea). Ha habido innumerables modelos de ‘hombres’. Cada pueblo, cada cultura, cada época…
Esos modelos de hombre nos sobran absolutamente. Los modelos de hombre del neolítico (el que aún vivimos).
No salimos del neolítico. Y el tiempo apremia. El futuro de la vida en la tierra está en juego. La locura de los últimos tiempos… la huida hacia delante de los ‘últimos hombres’…
 Coletazos del neolítico advertimos tanto en la técnica desquiciada, como en las soluciones humanas, demasiado humanas, que se postulan (Heidegger, Naess, Potter…).
*La vida necesita tener un mundo entorno manejable, domeñable; tener una ‘idea’ del entorno que le rodea; moverse con tranquilidad en un mundo ‘familiar’… Éste es el origen de la semiotización de la naturaleza, de la semiosis generalizada en los seres vivos.
Cada cariotipo específico significa el mundo de acuerdo con su morfología y fisiología, de acuerdo con sus receptores…
Lo que se tiene es un mundo interno que resulta ser interpretación del mundo externo.
No se trata tanto de cognición como de aprehensión o captación (previa semiotización) del mundo externo.
Tenemos la intelección y la diferenciación, tenemos la aprehensión o captación en virtud de los receptores o perceptores, tenemos la memoria, tenemos la ponderación o estimación del medio –la evaluación en vista a nuestro beneficio o daño…
El conocimiento o cognición es otra cosa que la aprehensión y simbolización.
Las teorías cognitivas (Maturana…) confunden la aprehensión del medio con su conocimiento. El medio es, en cierta medida, construido, creado, no conocido.
El mundo interno es un mundo fingido; un mundo creado ad hoc, a propósito, por necesidad… Pero sin ese mundo construido no sabríamos que hacer. Ese mundo construido necesita ser memorizado, recordado…
Nuestro saber del mundo se inspira en nuestra representación del mundo.
Hay incluso dialectización del lenguaje celular en monocelulares (procariotas y eucariotas). Hay diferentes simbolizaciones de la misma sustancia; transducciones diferentes (que cumplen la misma función).
La cognición es una ilusión, a menos que digamos que nuestra interpretación del mundo es conocimiento del mundo.
La aprensión y significación del mundo entorno es más un proceso de ‘dominación’, de captura (captación) del entorno. Un mundo ‘conocido’, familiar, manejable… Esto requiere la vida.
La vida necesita ‘saber’ en cada momento por dónde va. Sólo percibiendo y transduciendo lo percibido puede tener una idea de lo que hay más allá de la ‘piel’, de la membrana…
La vida necesita seguridad y certeza en su interpretación del medio. No puede dudar. Requiere un ‘mundo’ estable.
Nosotros, la vida, no conocemos el mundo, sino que lo creamos. El mundo en el que nos movemos es obra nuestra.
No hay procesos cognitivos sino procesos poéticos (creativosToda vida (todo cariotipo) se mueve guiada por sus signos –por su ‘mundo’.
No todo es signo, sino que todo es susceptible de ser convertido en signo. La significación es un fenómeno pura y exclusivamente biológico.
La vida no podría pasarse sin signos, sin señalizaciones… sin ‘lenguaje’.
La vida crea y recrea el mundo (lo significa) a medida que contacta con él. Utiliza la memoria, lo ‘déjà vu’…
Se retiene la información, se recupera… Se hace uso del acopio de información en cada momento. Las células del sistema inmunitario y las del sistema nervioso…
Lo nuevo (lo por señalizar), lo conocido (lo ya percibido y señalizado), lo por conocer –el incierto futuro.
El mundo inmediato (inmediatamente percibido) de los seres humanos ha de ser el mismo, en virtud de nuestra pertenencia al cariotipo humano –misma morfología y fisiología; idénticos receptores… La primera transducción ha de ser la misma.
Los lenguajes (biofísicos/bioquímicos) son universales y corresponden a especies o subespecies completas.
Las lenguas humanas no deben confundirnos al respecto. Todos los individuos humanos se mueven en un  mundo simbólico que es universalmente válido para todos los miembros del grupo al que pertenecen.
La vida capta, palpa, saborea, huele… el mundo entorno. Rodea la cosa, la tantea, la prueba…
La deriva. La distinción entre lo viviente y lo no viviente, entre lo conocido y lo desconocido, entre lo provechoso y lo perjudicial…
La evaluación o ponderación o estimación del medio.
La percepción y la apercepción (la conciencia de la percepción) van necesariamente ligadas. Percepción, apercepción, memoria… Circuitos de aprehensión, de captación (no de cognición).
La intelección, la reflexión. La distinción, la diferenciación… El entorno variado, extenso… El mundo inagotable, interminable, eterno…
El contacto con el mundo mediado por el lenguaje. En lo grande y en lo pequeño.  Lenguaje, por lo demás, siempre simbólico (colectivo, compartido, universal).
Los  receptores, en cualquier criatura,  son los receptores de la vida; son nuestros receptores.
Variadas formas de recibir el mundo, de hacerlo entrar en nosotros. De aprehenderlo, de capturarlo, de poseerlo de alguna manera… de amarlo.
El espacio de la vida. El agua, la tierra, las rocas, el aire; la temperatura, la presión, la gravedad… Lo no viviente, lo abiótico. La cuna, el lecho, la morada de la vida. Nuestra morada.
Así la morada, así el hombre. Así la morada, así la vida.
La vida enloquecida, confundida, ciega, maniatada, alienada… Sin voz. La ilusión antropocéntrica (el mundo de los ‘hombres’) domina el planeta. La impostura de la criatura. La usurpación. El esclavo, el siervo, ha devenido señor de las criaturas. El instrumento, el medio. El fenotipo.
El hombre se ha tomado a sí mismo, durante demasiado tiempo, como el vértice de la evolución. Sobre todo el hombre del segundo periodo, el hombre del neolítico –el que aún predomina y domina.
Este hombre impone su visión antropocéntrica a todas las criaturas y a todo el entorno –al entorno biótico y al abiótico. Explota y contamina sin cesar el hogar de la vida. Lo altera y la hace dañino para la vida. Ese hombre es un peligro para la vida. Ese siervo enloquecido. Hay que hacerle le guerra a ese hombre, a sus mundos, a sus ideologías, a sus credos (religiosos, políticos, científicos, filosóficos…), a sus delirios; a su megalomanía y a su narcisismo.
El hombre que no es –que nunca fue ni será. La ilusión antropocéntrica.
Ahora ha de ser la vida quien decide y quien guíe. Ahora importa el futuro de la vida.
Primacía de la vida en nuestras decisiones. La vida es lo primero.
La vida que decide, dirige, conduce…  La vida que está al frente como vanguardia del pensamiento y de la acción. La vida poderosa; la vida que manda.
Sea la vida en nuestras palabras, en nuestros pensamientos, y en nuestras acciones.
Nosotros somos la vida (la sustancia viviente única), y fortalecer y enriquecer al ser que somos ha de ser nuestro cometido esencial. Devenir más fuertes y poderosos. Lejos de nosotros todo aquello que nos debilite o nos dañe.
El stress en nuestras sociedades es el stress de de la vida. Es la vida la que se agita en nuestras sociedades. Pero sigue hablando el ‘hombre’ –las explicaciones acerca del malestar remiten a otros síntomas y resultan ser humanas, demasiado humanas. Pero es la vida la que se duele. Es el clamor de la vida.
El camino errado, errático… La deriva catastrófica. La huida hacia delante de ese hombre; de esa criatura enloquecida.
La vida cruje, estalla en mil clamores. Peligra el agua, el aire, la luz tamizada… La morada está sucia, rota, deshecha… violada, mancillada.
Ese hombre tiene el poder. Y hace lo que quiere. Ahora pretende gobernar el planeta entero. Llega ya esa hora, según algunos. La hora del dominio sobre el planeta entero. ¿Quién lo logrará? ¿Qué cultura, qué grupo, qué nación…?  De esto va en los tiempos recientes.
Ese hombre es el gran obstáculo para la vida. Sus delirantes y descentrados mundos, su proceder nocivo… Su locura (su antropocentrismo, su megalomanía, su narcisismo…). 
Ese hombre ha de desaparecer; ha de ser vencido. La vida lo vencerá. Lo triturará, lo convertirá en polvo y cenizas –en materia para el olvido.
La vida vencerá al final. Se impondrá su palabra, su voz. Su verdad.
La subjetividad de la especie es una variante de la subjetividad de la misma vida. La vida, en cada especie, goza de una subjetividad (y de un mundo) exclusiva y propia.
La vida experimenta el mundo con los más variados órganos y receptores, y a través de los más variados organismos.
Comprender a otra especie es comprender su sistema perceptivo y su mundo interno. Su ‘lenguaje’, en una palabra. Su interacción simbólica (colectiva, específica) con el mundo entorno. En qué ‘mundo’ vive.
Es una cuestión de perspectiva. La más amplia y comprehensiva perspectiva la tenemos desde la misma vida.
El mundo del cariotipo humano está determinado por su propia morfología –su particular fenotipo. La perspectiva humana esta predeterminada pos sus propios receptores. Su ‘subjetividad’, su ‘mirada’, su mundo interno es relativo a su ‘constitución’.
¿Cómo pasar desde la perspectiva específica a la perspectiva de la misma vida? ¿Es posible? Mirar, ver, oír… comprender el mundo desde la posición de la vida. Desde ese lugar. El origen. El centro.
Se trata de un ejercicio de imaginación y de voluntad. Pese a que nuestro mundo es específico y concreto, ¿es posible tener otro ‘mundo’; ‘ver’ de otra manera?
Tal vez estamos ante otra ilusión –la ilusión genocéntrica. En principio ‘sabemos’ que cada cariotipo específico se mueve en su propio mundo. Ya estamos instalados en este saber. Este saber forma parte ya de nuestro mundo, de nuestro horizonte, de nuestra perspectiva.
Saber, mundo, horizonte, perspectiva… Espacio, lugar. Los humanos no estamos ya donde estábamos hace apenas cien años. Los humanos hemos adquirido una comprensión y un saber acerca de la naturaleza entorno que ha modificado sustancialmente nuestra mirada, nuestro mundo. Pese a las determinaciones constitutivas de nuestro ser, algo más en nuestro ser nos ha permitido aproximarnos a la misma vida, incluso reconocernos como la misma vida –la sustancia genética, la sustancia viviente única.
El ser inteligente y reflexivo de la misma vida. Las facultades o ‘potencias’ de la misma vida subyacen en nosotros de manera natural porque nosotros somos la vida.
La vida piensa y habla en nosotros, se expresa, inquiere, interroga… con las armas, o los medios, del cariotipo humano.
La vida quiere saber, quiere saberse.
Al hombre ya no le cabe interrogarse como hombre, sino como vida. El sujeto, ahora, es la vida. El ‘sujeto’ del pensar, del querer, del sentir…
La vida habla acerca de sí misma en términos humanos. Toma la palabra en uno de sus cariotipos, de sus criaturas.
El mundo de los humanos ha cambiado sustancialmente. La información que hoy se metaboliza acerca del mundo entorno es otra; el ‘mundo’ es otro. Los signos son otros. Todo ha cambiado. Hemos cambiado de ‘mundo’; de perspectiva.
La nueva ‘visión’ se ha producido inadvertidamente, poco a poco. La nueva visión, la nueva posición, el nuevo lugar… Procesos irreversibles.
El lenguaje se encargará de difundir este nuevo mundo a todos los grupos humanos.
La perspectiva esencial, centrada, genocéntrica.
No hay otro observador reflexivo que la misma vida. Es la vida la que reflexiona desde sus variados somas. No hay otro que reflexione. El único sujeto…
No ha de preocuparnos ya el lugar del hombre… Todo parece indicar que es el lugar elegido por la propia vida para emerger, para salir a la luz, para hacerse reconocer…
No el hombre sino la vida se apercibe de sí…
Es la vida la que en todos y cada uno de los organismos mide, pondera, evalúa… el mundo entorno. Lo hace a través de los peculiares receptores de cada organismo.
Tantos cariotipos, tantos mundos.
La vida se protege a sí misma en cada organismo. Cuida, vela por sí. Cuida de su delicado y frágil ser. Desde los (posibles) coacervados, desde las primeras cápsulas protectoras.
No la criatura ataca o se defiende, sino la misma vida.
A través de sus somas la sustancia genética palpa, contempla… percibe de innumerables formas el mundo entorno.
Más allá de esa multiplicidad de miradas. Un mundo físico-químico único. Tal vez alcancemos esa visión en el cariotipo humano. El cariotipo humano posee instrumentos que multiplican la potencia de sus receptores… microscopios, telescopios… La pulsión cognoscitiva es la de la vida –el deseo de saber de la misma vida. Hemos alcanzado un mundo que trasciende el mundo de los humanos (las peculiaridades y limitaciones de sus receptores).
Poseemos medios e instrumentos que nos proporcionan un mundo total, podríamos decir. El completo espectro electromagnético, por ejemplo. Más allá de nuestro soma específico.
*
Hasta la próxima,
Manu