Sobre el nuevo período genocéntrico


El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta
auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. Todo el pasado cultural de los humanos ha resultado arruinado, vacío, nulo... La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en
esta nueva fase de su devenir. Nos queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

sábado, 17 de febrero de 2018

171) Genocentrismo XXIII


Genocentrismo XXIII.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (17/02/18).



*



*Las ‘señales’ que del mundo entorno nos vienen llegan al núcleo de nuestras células (al respirar, al ingerir, al oler…). Nuestro genoma se ‘entera’ de lo que pasa, del estado de cosas alrededor. Los genomas de todas las criaturas están al corriente de todo lo que sucede en la biosfera en virtud del lenguaje universal físico-químico. El hologenoma, la totalidad de la sustancia viviente del planeta, ‘sabe’ ya lo que sucede en punto a la contaminación ambiental, el aumento de temperatura, o la radiación… Hace ya tiempo que detecta y pondera los cambios.
Como humanos apenas comenzamos a comprender lo que ya sabe (o ya ha advertido) la sustancia viviente –por conocimiento directo. La conciencia o inteligencia humana (la superficial, la lingüístico-cultural) alcanza únicamente un conocimiento indirecto tanto de sí misma, como de su entorno.
Unir al sujeto cultural con el sujeto genético –son ciertamente el mismo. Acentuar la sensibilidad físico-química. Saber lo que respiramos, ingerimos, u olemos como si de la sustancia genética se tratase. Identificarnos absolutamente con la sustancia genética.
Necesitamos más conocimiento acerca de la vida (el plasma germinal, la sustancia viviente…) y de sus interacciones con el medio entorno. Que nuestro ser cultural consciente sepa lo que sabe nuestro genoma. Una convergencia entre el lenguaje humano (al respecto) y el lenguaje (la semiosis) de nuestras células. Una traducción coherente.
El saber que la vida adquiere de inmediato y de manera directa ha de alcanzarlo el cariotipo específico humano (el ‘hombre’)  a nivel lingüístico-cultural.
Como humanos, como criaturas, llevamos eones de atraso. El azar (o la necesidad) que nos trae aquí, a la vida, al cosmos, al ser… nos trae en la ignorancia más absoluta… Duramente se alcanza el saber de la vida en lo que concierne a sus condiciones de existencia, por ejemplo. Milenios nos ha llevado, como humanos, y apenas si estamos al principio, apenas si empezamos a comprender y a comprendernos.
Lo que la sustancia genética sabe casi desde el principio, eones de experiencia.
Cuanto más sepamos de la sustancia viviente, más sabremos acerca de nosotros mismos y de nuestras circunstancias. Saber sobre el origen de la vida, sobre su evolución, sobre la comunicación (la biosemiosis)… sobre la biosfera… Saber acerca de nosotros mismos. Porque  nosotros somos la sustancia viviente única, sencillamente.
Podemos añadir a lo dicho más arriba que la sustancia genética universal ya ‘sabe’ lo que pasa (en el planeta), y puede que esté respondiendo. ¿Cómo podríamos advertir su respuesta? ¿Cómo distinguirla? No podemos confundir los síntomas de la enfermedad con una respuesta.
La ubicuidad de la vida y la ubicuidad de la atmósfera, pongamos por caso. La biosfera. La vida ya percibe los cambios, ya sabe lo que pasa. Porque la vida conoce las señales (físico-químicas) del entorno. Los sujetos lingüístico-culturales necesitamos medios, instrumentos, artefactos para ponderar el medio. La sustancia viviente única no los necesita.
El genoma es su propio saber. La sustancia genética es inteligencia y saber puros.
Podemos decir que la sustancia genética del planeta, el hologenoma planetario, el Uno, ya conoce, ya sabe, ya es consciente de lo que pasa –de la alteración del ‘status quo’ del planeta, de cómo peligran las mínimas condiciones de existencia (la contaminación ambiental, el calentamiento global, la extinción de especies, la desforestación…).
La vida responde en el medio abiótico y en el medio biótico. Respuestas físico-químicas que inciden en la biosfera (atmósfera, temperatura…), y respuestas biológicas (nuevos órganos, nuevos organismos). Ambas cosas: adaptación del medio, y adaptación al medio.
Es más que posible que la vida esté respondiendo ya y que no acertemos a distinguir su respuesta (debido al flujo de señales (físicas, químicas…) que inunda el planeta).
La vida en un organismo complejo es múltiple. Un organismo es en sí mismo un ecosistema. A la multitud de células diferenciadas del ser propio (que comparten el mismo genoma) tendríamos que añadir las numerosas poblaciones bacterianas que alberga.
La semiosis interna de un organismo (el lenguaje físico-químico) es compartida por todos los miembros (los genomas) que lo habitan y lo conforman.
Hay una semiosis universal que toda la vida del planeta comparte. Toda la sustancia genética del planeta habla la misma lengua (físico-química). Las mismas señales, la misma mensajería. Un único ser, un único sistema de señales.
La sustancia viviente única del planeta se informa constantemente acerca del medio; pendientes de las noticias que le vienen del medio. Nada le pasa desapercibido. Está al día, podríamos decir.
Es la sustancia genética la que pondera en todo momento y lugar las noticias (físico-químicas) que le llegan del planeta. Y esto lo hace desde su origen.
Las perturbaciones del medio (de la biosfera en su conjunto), las que tienen que ver con la luz, con la temperatura, o con la atmósfera, son percibidas de inmediato por la sustancia viviente; por toda la sustancia viviente del planeta. Las aguas y los vientos dispersan las señales, las difunden, las llevan hasta los últimos rincones.
Únicamente en estos tiempos los seres humanos hemos accedido a esta comprensión físico-química de nuestro planeta. La biosfera, la geobiología… Las ciencias de la vida y de la tierra, conjuntamente. Sin olvidar el papel de la luz (del sol), la energía que nos viene de fuera. Apenas si empezamos a comprender, nosotros los humanos, lo que la vida sabe, y ha sabido desde siempre. 
Hay que descender a la vida pequeña, a la microvida, a la microbiología. La semiosis a nivel celular –en unicelulares y en pluricelulares. La mensajería físico-química universal. Los humanos tenemos que aprender, que dominar ese ‘lenguaje’. Es la única forma de estar al día.
Hablamos de las señales que circulan en el micromundo. Un lenguaje de fotones, electrones, átomos, moléculas y macromoléculas… Cómo recibe la vida estos elementos, cómo los entiende, qué uso hace de estos… La vida a nivel del suelo, del subsuelo incluso.
*La biosfera conlleva la semiosfera. La vida consigo mismo se comunica.
Medios mecánicos, térmicos, químicos, eléctricos… en la comunicación de los seres vivos. La comunicación interna (endosemiosis) y la externa (exosemiosis).
La holosemiosis. El conjunto de señales (físico-químicas) que circulan en un ecosistema dado y que es compartido por todas las especies involucradas.
Hay que tener en cuenta que para la materia viviente todo es signo, quiero decir que fotones, electrones, átomos, moléculas… son ‘signos’ ante los que se responde, pero también la temperatura, la gravedad, el campo magnético… Los procesos semióticos no se limitan a la comunicación entre seres vivos, sino a toda interacción de la sustancia viviente con su entorno físico-químico.
La materia viviente percibe y conoce su entorno. Cosas o sucesos son para la materia viviente  signos mediante los cuales ponderar el mundo alrededor.  Toda cosa o suceso es, pues, información para la materia viviente.
Las respuestas rápidas e inmediatas a los cambios del entorno. La familiaridad de la materia viviente con el medio entorno. La materia viviente conoce, sabe de su entorno. La materia viviente tiene como respuestas ensayadas ante los cambios (favorables, o no) que se producen a su alrededor.
Hay que distinguir, pues, la semiotización, de la comunicación.
En la semiotización se produce una interacción de la materia viviente con la no viviente, un diálogo, podríamos decir. La vida responde a la deriva del entorno, a los cambios que se producen a su alrededor, al estado de cosas siempre fluyente, en devenir. Y procura en toda ocasión guardar el tipo, salvar el pellejo (la homeorresis).
La comunicación es la interacción de la materia viviente con la materia viviente. El intercambio de señales propiamente dicho. La materia viviente distingue, entre los signos/estímulos que la rodean, los signos que le vienen de sus congéneres o de otras formas vivas. Aquí se trata de mensajes enviados y recibidos.
Todos los procesos de lectura o decodificación de signos requieren inteligencia y memoria. La emisión consciente y voluntaria de signos que sólo otra vida puede decodificar. Signos que avisan, que recomiendan, que mandan… que afectan a la conducta del receptor. Y esto sucede en todos los niveles de la materia viviente –desde las formas de vida más simples y arcaicas (bacterias…).
El lenguaje primero o físico-químico (el lenguaje celular) es universal y tiene, por supuesto, miles de millones de años (eones) –desde la aparición de la vida. Y es un lenguaje que aún se usa, y que las formas complejas macroscópicas, como la nuestra, la humana, pueden aprender.
Signos que predicen, o anuncian… la temperatura, las nubes, el color del cielo, del mar, la humedad… Nosotros los humanos semiotizamos el mundo entorno, ponderamos los ‘signos’ que nos vienen del exterior. Exactamente lo mismo que hacen los microorganismos, los seres microscópicos que viven a ras del suelo.
Los ‘signos’ físico-químicos de origen abiótico. Es obvio que no hay tales signos, que el entorno abiótico no se comunica con la materia viviente. Que es la vida la que convierte cosas y sucesos en signos, la que semiotiza el entorno desde su aparición. Esta semiotización es también el resultado de su familiaridad con el entorno, de la reiteración de cosas y sucesos, de la conexión de estos… de la implicación (si ‘a’ entonces ‘b’). La vida ‘entiende’ el entorno previa aprehensión y semiotización del mismo. Se requiere inteligencia y memoria para que tales procesos se produzcan. La vida sabe lo que hacer en cada momento, en cada caso, dependiendo de las circunstancias físico-químicas de su alrededor. Responde al entorno abiótico.
Otra cosa es la comunicación; la comunicación de la vida con otra vida (consigo misma, en verdad).  Aquí hay lenguaje, comunicación, intercambio de mensajes, de señales, algo para el otro. La vida a sí misma se interpela, se avisa, se manda…
Los signos o señales que emite y recibe la vida a nivel celular son universales, son colectivos –son simbólicos. En bacterias, protistas, algas… Signos químicos, mecánicos, térmicos, eléctricos…
Polisemia y sinonimia en la mensajería. Sustancias diferentes que en determinadas circunstancias cumplen la misma función (son sustituibles); sustancias que pueden cumplir varias funciones (que son interpretadas o decodificadas de maneras diferentes por diferentes receptores). Usos semejantes, usos múltiples.
Los procesos de nutrición y de comunicación parecen solaparse entre sí. No acaban de distinguirse (en los manuales o libros de texto). De un lado la endo- y la exocitosis, del otro lado la endo- y la exosemiosis. La entrada y la salida de información. También se metaboliza la información.
A nivel de la sustancia viviente única podemos decir que una sola cosa es el ser y el saber. La sustancia genética sabe en sí misma. Posee un conocimiento cifrado en su propio ser. Conocimiento y conciencia de sí misma, de su entorno…
Percepción, apercepción, y memoria. En la memoria se recurre a lo ya vivido, a lo ya sabido, a lo experimentado; a la genoteca, a las reservas de conocimiento.
Los genes son técnicas, saberes… modos de responder a las incidencias del camino. Intercambio de genes en las bacterias, genes que son conocimientos, técnicas, saberes… complementos del ser propio. Es quizás en las bacterias allí donde la sustancia viviente única es más ‘una’.
El intercambio de simbolemas y culturemas en los seres humanos. Los simbolemas, al igual que los genes (para las bacterias), son técnicas, saberes… que los humanos nos intercambiamos –damos y recibimos.  Complementan el ser simbólico. La transmisión de conocimientos y demás.
En la sustancia viviente única una sola cosa es el ser, el saber, el pensar, el sentir o percibir…
La materia viviente ha ido enriqueciendo su acervo, su ser, su saber… Son eones de experiencia y vida.
El genoma único del planeta. El hologenoma. En mi organismo, por ejemplo, el conjunto de genomas que lo constituyen (el propio y los ajenos). La comunicación físico-química universal. Una sola lengua.
Si hay vida hay semiotización y comunicación. Decir biosfera es decir semiosfera, entendiendo semiosfera como el espacio de los signos y de la comunicación.
La capacidad de la vida para interpretar su entorno inmediato. Esta interpretación se hace de acuerdo con su morfología y su fisiología. Cada forma de vida busca ambientes favorables o neutros, y huye de los ambientes desfavorables. Éste puede ser el criterio de interpretación fundamental. Lo bueno y lo malo para cada organismo (lo que viene bien, lo que viene mal; lo que fortalece, lo que debilita…).
La vida atenta a los ‘signos’ (cosas y sucesos) que le vienen del exterior.
La vida (la materia viviente) ha de distinguir entre ‘signos’ y ‘mensajes’ (comunicación). La información que envuelve a cualquier organismo procede del mundo abiótico (signos –cosas y sucesos interpretados) y del mundo biótico (mensajes –que sólo pueden provenir de otros organismos). En ambos casos podemos hablar de signos y de información, pero conviene distinguir.
La vida pondera (interpreta) el medio en función de sus necesidades, de su ‘salud’, de su seguridad…
Si la interpretación (la semiotización) del entorno es relativa a cada organismo, la comunicación no lo es. La comunicación, a nivel celular, parece ser universal  (transespecífica). Hablo de la información físico-química –la mensajería físico-química (mecánica, térmica, química, eléctrica…). No sucede lo mismo con la comunicación intraespecífica en los metazoos, por ejemplo. Las especies comparten ‘lenguajes’ exclusivos, si bien en un nicho ecológico las diferentes especies están atentas a los mensajes de unos y de otros   –la coexistencia de diferentes especies en un determinado espacio les hace compartir mensajes que les avisan de cualquier novedad (la llegada de un depredador notificada por una especie es ‘entendida’ rápidamente por el resto de las especies).
La comunicación físico-química parece ser tan universal como ciertas rutas metabólicas. La mensajería que circula es universalmente válida; es un lenguaje colectivo, simbólico, compartido por todas las células –tanto las individuales como las integradas en un organismo. Aunque se advierten diferencias que podríamos denominar ‘dialectales’.
Un proceso semiótico es un proceso de interpretación (hermenéutico), pero también de ponderación, de valoración (axiológico)… ¿Quién interpreta…? La misma vida. Un organismo que vela por sí.
El carácter simbólico (compartido) de la comunicación celular en las bacterias, por ejemplo. Su carácter social –que afecta al comportamiento del colectivo. En las amebas… en los unicelulares todos.
Semiosis y comunicación. En la semiosis hay signos, en la comunicación hay mensajes; hay un lenguaje compartido; hay símbolos. En los actos comunicativos hay un intercambio de símbolos (de términos, expresiones y textos comunes).
La comunicación requiere un intercambio de ‘signos’ comunes, colectivos –los  dialogantes comparten un sistema de signos común. No hay duda o incertidumbre en la emisión y en la recepción de estos signos o mensajes.
Los mensajes en los actos comunicativos se enuncian, se ponen en circulación. Son signos, señales para el otro.
(La palabra ‘signo’ parece imprescindible. Con todo me gustaría separar lo sígnico o semiótico, de lo comunicativo. En lo comunicativo se trata de sustancias elaboradas ad hoc; hechas para comunicar. El origen de estos signos de comunicación, de estas ‘palabras’ (términos, expresiones…) que pululan, es la misma vida. No son meras cosas o sucesos que ‘yo’ (la vida) interpreto según las circunstancias o en vistas a mi salud o integridad. Son sustancias a mí dirigidas. La vida consigo misma se comunica, a sí misma se notifica o avisa.)
Los signos alrededor son sólo signos para un ente perceptor (receptores de membrana, sentidos…), que pondera o interpreta los datos del entorno (cosas y sucesos) según su conveniencia. Las cosas o sucesos destacados y semiotizados (los ‘mundos’) son relativos a la morfología y a la fisiología de los organismos perceptores. No hay signos, pues, en tanto no haya vida.
La exocitosis y la exosemiosis. Las sustancias de origen biótico que las sustancias excretan al exterior y que encuentran por doquier en su deriva, en su deambular. A estas sustancias se les añade la cantidad de sustancias y fenómenos de origen abiótico (fotones, átomos, moléculas (los antagonistas metabólicos)… gravedad, presión, campos magnéticos…).
De todo el flujo de señales que la envuelven la sustancia viviente ha de distinguir  entre las señales de origen abiótico (cosas y sucesos semiotizados) y las señales elaboradas  (metabolitos, mensajes) –obviamente, de origen biótico. Todas le dicen algo, claro está, pero cada una a su manera. De todas es posible inferir o deducir el estado del medio y las acciones que se requieren en vistas a éste.
El ‘mundo’ (los ‘mundos’)  a nivel celular. El mundo de las células (tanto las independientes como las integradas en organismos). La semiosis y la comunicación a nivel celular.
El acto comunicativo requiere la socialización, la colectivización de los signos que median. En las bacterias, y en los humanos.
La realidad o mundo percibido es según la morfología y fisiología del percipiente. La interpretación o semiotización la hace un determinado organismo, una determinada especie, una determinada configuración morfo-fisiológica. Se trata de constricciones o determinaciones genotípicas o cariotípicas.
Quien semiotiza y quien se comunica es la sustancia viviente única. Un ente capaz de semiotizar el medio y de comunicarse con otros entes semejantes a él. Además de un ente capaz de adaptar o habilitar el medio que le rodea.
El murmullo de la vida. El flujo de mensajes. La comunicación universal a nivel celular. Un planeta viviente que se comunica consigo mismo, que se informa, que se mantiene al día.
Nada le pasa desapercibido a la sustancia viviente única.
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Hasta la próxima,
Manu

domingo, 14 de enero de 2018

170) Genocentrismo XXII


Genocentrismo XXII.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (14/01/18).

 

*

 

*Las guerras humanas que padecemos –étnicas, territoriales, económicas, ideológicas (políticas o religiosas)… Miles de años en guerra –en el nombre del poder. Y qué decir de la tecnología armamentística. Tenemos armas capaces de destruir la vida en este planeta. Un camino loco, absurdo, demencial, suicida…
Del otro lado la explotación de las ‘riquezas’ del planeta. La agresiva y nociva  tecnología que aplicamos en la explotación del planeta, sobre todo en los últimos doscientos años, está poniendo en peligro sus condiciones de habitabilidad (suelo, agua, atmósfera, luz…). Los desastres ecológicos se amontonan, apenas si hay rincón del planeta no contaminado. Otro camino loco, irracional, suicida…
Nuestros modos de vivir en general. Todo lo humano contribuye al deterioro de la vida en este planeta. Nuestro antropocentrismo, nuestro egoísmo, nuestro etnocentrismo… Los soportes ideológicos de estos comportamientos –nuestras ideologías, nuestras creencias, nuestras culturas... nuestros ‘mundos’.
No vivimos desde hace milenios. La violencia y el engaño dominan por doquier. Atmósfera tanática, irreal, de pesadilla. Se huele la muerte, la ‘morgue’. Pobreza, miseria, hambrunas… Un planeta doliente, desfalleciente, herido…
La huida hacia delante de los más –de todos. Liderados por los menos (los señores de los medios de producción y consumo, del dinero, de la ‘opinión’ pública…). La nave de los locos, de los necios. ‘Stultifera Navis’. El ‘homo stultus’. Es la necedad, sin duda, el no saber (‘ne scio’), quien gobierna, quien manda. Entre tuertos y ciegos anda el juego.
*Las éticas que nos vienen del ecologismo (Jahr, Leopold, Potter, Naess, Jonas…) resultan demasiado antropocéntricas, aún. Místicas, religiosas, pietistas al viejo estilo (judío, cristiano, musulmán, budista, hinduista…). El último humanismo, quizás. No salimos del neolítico, del pasado antropocéntrico.
Triunfo del nihilismo de Schopenhauer (el sumidero de todos los nihilismos del pasado). El quietismo, la ‘extinción’ (el ‘nirvana’), la negación de la voluntad.
El monismo cósmico en Naess, y otros, recuerda al monismo de Haeckel (del que participó Nietzsche). No había distinción entre lo viviente y lo no viviente. Una suerte de panpsiquismo.  
Las religiones de salvación ‘personal’ ahora se apuntan al ecologismo, al medio ambiente, a la vida… No hay quien se lo crea. Los peores parásitos sociales de todos los tiempos (los astutos, los ‘listos’, los sacerdotes, los ‘pastores’…) se preparan  para seguir parasitando en el futuro. Eso es todo. También los marxistas se reciclan, ahora construyen un marxismo ecologista…
No se parte de la vida (la sustancia viviente única) en estos casos que digo, sino del hombre, del bienestar, o de la autorrealización del hombre (de la especie humana). Obsérvense sus textos programáticos, sus autores fundamentales, sus conexiones ‘espirituales’ con las tradiciones religiosas o espirituales del neolítico… Adviértase su ‘lenguaje’ (humano, demasiado humano). Ni un solo paso adelante, hacia un futuro genocéntrico, hacia un futuro otro.
Sus modelos humanos: Francisco de Asís, Buda, Gandhi… La ‘compasión’; el amor por los ‘animales’. Este lenguaje denota ya un claro extrañamiento del resto de la naturaleza viviente  –los ‘animales’.
El lenguaje ético, filosófico, religioso… del neolítico es claramente antropocéntrico en todas las tradiciones culturales. Los ‘mundos’ del neolítico.
Salir de los laberintos del  neolítico; de los antropocentrismos o humanismos del neolítico. Dejar al hombre atrás.
El saber que ahora nos ilumina arruina, pulveriza todo antropocentrismo del pasado; lo reduce a cenizas. La historia –el pasado– de las nuevas criaturas es la historia de la vida. El pasado humano es el periodo de extrañamiento, de ofuscamiento, de inconsciencia, de ignorancia, de ceguera, de ‘olvido’, de no saber…
Lo que les falta a todos los movimientos ecologistas contemporáneos es el paso al genocentrismo. Aún miran desde el ‘hombre’.
Ya no se trata del bienestar, del futuro del hombre, o de la especie (su supervivencia y demás), sino del bienestar y del futuro de la vida. No avanzar hacia el futuro como hombres (más o menos ‘mejorados’, o ‘autorrealizados’), sino como vida (como sustancia viviente única).
El paso a la otra orilla, al otro continente, al otro mundo, al otro espacio –el espacio genocéntrico.
La ‘realidad’ que viene. El futuro genocéntrico sobrevendrá sobre toda la humanidad. Es el futuro ineludible, inexorable.
No se trata de crímenes contra la naturaleza viviente, o contra la completa ecoesfera o biosfera, sino de crímenes contra la vida…
Del ecocentrismo o del biocentrismo (fenocéntricos ambos) al genocentrismo.
Únicamente el ‘hombre’ puede hacer posible un futuro genocéntrico. Éste es el problema. Que en manos del cariotipo más problemático esté también la solución. Únicamente la elección del camino bueno para la vida, que sólo pueden llevar a cabo los miembros del cariotipo humano, puede garantizar el futuro… El ‘hombre’ es imprescindible. La única criatura capaz de poner fin a su propio extrañamiento de la vida, a su comportamiento errático y (auto)destructivo…
El ‘hombre’ debe despertar a la vida que él mismo es. Ésta es la ‘revolución’, la transformación, el giro, el vuelco… el paso que hay que dar. La conciencia no ya ecológica o biocéntrica, sino específicamente genocéntrica.
Que la vida ocupe su lugar en el cariotipo específico humano. Esto es lo que queda. La desaparición del ‘hombre’ (del antropocentrismo, de los ‘humanismos’). La mirada, la perspectiva genocéntrica.
Los despiertos, los renacidos a la vida, esta es la ‘humanidad’ que hará posible la regeneración de la existencia. La vanguardia de la vida; los adelantados.
La desnudez de los renacidos, la pobreza… Aún sin ‘mundo’. Todo por hacer.
El sujeto vida. ‘Yo’, la vida (la sustancia viviente única), hablo. Y hablo en nombre de la vida. Nosotros somos la vida, el ser viviente único. No hay otro/otra vida, sino que es una y la misma en todas las criaturas. El único sujeto, el único agonista.
Esto que digo es lo que ha de asumir todo miembro de la especie humana. El camino por el que ha de entrar. La transformación que ha de experimentar.
El cariotipo humano es el ‘lugar’ donde la vida adquiere conciencia de sí. El lugar del reencuentro (de la vida consigo misma), de la autognosis, de la anamnesis… Nos, la vida.
El comienzo de una era interminable, radicalmente nueva. Novedad absoluta del nuevo periodo. El nuevo ‘éthos’. La nueva vida. La vida plena.
Co-existencia. Co-existir. Co-evolución.
*Es gracias a su inteligencia natural y a su voluntad de conocimiento y de verdad que el ser simbólico (lingüístico-cultural) ha podido acceder a su ser genético. Gracias a las ‘potencias’ que proceden de su propio ser genético.
Nuestro ser simbólico es un epifenómeno contingente y relativo. En todo momento nuestro ser genético (nuestro ser único, en verdad) se buscaba a sí mismo. Nuestra inteligencia y nuestro tesón son las de la sustancia viviente única.
En busca de la verdad acerca de nosotros mismos. No el ‘hombre’, sino la vida se buscaba a sí misma. No el soma, sino el genoma; no la criatura, sino el creador.
*Nuestro genoma, o mejor, nuestro hologenoma. La totalidad de sustancia genética que nos constituye (la propia y la ajena). En cualquier caso, la sustancia viviente única de/en un organismo.
La comunicación interna, la semiosis química. El lenguaje universal de la vida.
La comunidad de los vivientes. La unidad de la vida (de la sustancia viviente).
*La conquista del agua, de la tierra, del aire… del espacio –el futuro, más allá de la Tierra. Es la vida, la sustancia viviente única, la que se prodiga. No hay otro sujeto.
*Se puede ver la vida desde la competencia, pero también desde la cooperación o colaboración. Las relaciones entre los individuos y las especies son muy variadas, y no se limitan a la lucha, la depredación, el parasitismo o la explotación, piénsese en la simbiosis, el mutualismo, o el comensalismo. Generalmente se nos ofrecen visiones de la vida exclusivamente basadas en la lucha –véanse nuestros documentales al respecto, o nuestros libros divulgativos sobre la evolución de la vida. Es la imagen prevalente. Pero es también una visión sesgada, parcial, incompleta… incluso engañosa. Si, es una visión que miente –que nos miente–, que nos oculta la verdad. Es, indudablemente, una visión interesada, ‘política’. Una visión de la vida acorde con los depredadores, con los parásitos, con los explotadores… Se nos presenta como la verdad cruda, desnuda, como la realidad (la vida es así). Se pretende legitimar y eternizar el estado de cosas social, político y económico que padecemos desde hace milenios (guerra, explotación, parasitismo…). No nos deja otro horizonte que la violencia y el engaño.
*“La biosfera se transformará, de una manera u otra, tarde o temprano, en la noosfera” (Vernadsky). Es obvio que la noosfera está relacionada con la aparición de la inteligencia humana. No salimos del antropocentrismo.
Lo próximo es la genosfera –o mejor, la genousfera. La vida, la sustancia genética, la sustancia viviente única, es inteligente en sí. No se manifiesta exclusivamente en el cariotipo específico humano. La unidad de la vida.
Pensamientos fenocéntricos, aún.
Otra reflexión de Vernadsky: “en la interacción entre la materia viviente y la no viviente o inerte, la materia viviente tiene el papel principal”. Pero la única materia viviente que existe es la sustancia genética. Luego la sustancia genética tiene la primacía en la acción (cualquiera ésta sea).
La vida interviene y modifica el entorno abiótico desde su aparición. Y estas alteraciones inciden a su vez en la vida, que vuelve a intervenir. Y así sucesivamente. Es un ciclo a dos. Es un dialogo eterno en el que se intercambia información (materia y energía). Co-evolución. Mutua influencia. La vida es la respuesta inteligente (‘genial’, inesperada, nueva, innovadora…). La materia inerte responde mecánicamente, ‘inercialmente’, podríamos decir.  
La biosfera, o ‘gaiia’, es la esfera donde la vida establece sus condiciones de existencia.
La vida siempre responde a los cambios en el entorno no-viviente. No se limita a adaptarse, sino que busca paliar o eliminar las dificultades que le salen al paso. Habilita el entorno abiótico, lo modifica, lo transforma, lo adapta… lo hace apto para la vida –para sí misma.
La vida (la materia viviente) es la iniciativa, el primer movimiento, la acción… la libertad. Pese a las constricciones físico-químicas alberga su propia ley, su propio orden. Autonomía.
*Coordinación. Sincronía.  Tales procesos serian impensables sin un intercambio de información, sin ‘lenguaje’. Endosemiosis/exosemiosis. En las células individuales, en los organismos…
*Nuestra edad es la edad de la vida (3.500 millones de años).
Se trata de la historia del planeta, y de la historia de la vida en este planeta. De las interacciones de la vida (materia viviente) con la materia no viva (inerte). De la co-evolución de ambas, de la mutua influencia… De la configuración de la biosfera… Del papel de la vida en esta configuración…
Darwin, Haeckel… Weismann, Morgan… Merezhkovsky/Wallin, Vernadsky, von Uexhull… Sobre la biogénesis en el planeta (coacervados, quimiosíntesis… Morowitz, Smith…), sobre la simbiogénesis (fundamental en la aparición y en la evolución de las especies… Margulis…), sobre la biosfera (Gaia, Lovelock…), sobre la comunicación en las formas vidas  (la semiosis, la biosemiótica…). La ecología, la termodinámica de la biosfera…
La regulación del clima, la salinidad y la alcalinidad de las aguas, la modificación de los suelos (rocas incluidas…). La luz, la temperatura, la atmósfera, el agua, la tierra (el manto fértil)… Un planeta adaptado a la vida, transformado, habilitado…
Las fuerzas condicionantes: la gravedad, la presión, el electro-magnetismo…
*El genocentrismo dice que la única sustancia viva es la sustancia genética. La unidad y continuidad de la vida desde su aparición en este planeta. Una y la misma sustancia viviente  a través del tiempo y del espacio.
*Cierto que la sustancia genética cuando aislada es como sustancia inerte. Necesita del entorno biótico y abiótico para reproducirse y demás. Es preciso ver la vida en su contexto. El origen de los diferentes somas está en los coacervados de Oparin/Haldane. La sustancia genética se protege desde su nacimiento. La evolución de los genomas y de sus somas. El aumento de la complejidad genotípica y fenotípica (morfológica y fisiológica). La especiación. Las diferentes formas vivas. Biogénesis, simbiogénesis…
Universalidad de las rutas metabólicas. El ‘protolenguaje’ de la vida (químico). La semiosis celular (en procariotas y eucariotas). La semiosis universal.
La aprehensión del medio (biótico y abiótico), la ‘representación’ (el ‘umwelt’), la memoria…
No es la célula la que hace uso de su repertorio genético (Albers… Shapiro) para responder al entorno, es la sustancia genética (el genoma) la que responde una vez que ha recibido la información del exterior (o del interior) –que  le llega transducida por sus perceptores de membrana u otros. Es el complejo o sistema genético y epigenético el que recibe y emite información, el que hace uso de su memoria, de sus conocimientos, de su experiencia… para responder en consecuencia.
La sustancia genética, la sustancia viviente única. No hay otro piloto, otro sujeto, otro ente viviente. La raíz, el centro de la unidad de la vida. Lo que subyace en todo organismo. El plasma germinal que perdura a través de las generaciones. En lo horizontal (el espacio) y en lo vertical (el tiempo). La sustancia viviente eterna –virtualmente imperecedera.
La unidad esencial de todos los seres vivos. La unidad genética. Todos los seres vivos comparten el mismo ser; son el mismo ser. Este saber es el que cambiará el ‘éthos’ de los humanos sobre el planeta. Todo cambiará. Es una sabiduría para el futuro de la vida en este planeta. Es el futuro.
El mundo nuevo, por venir. El mundo genocéntrico. No fenocéntrico, no cariocéntrico, no antropocéntrico… El homo Xenus/Nexus. Las nuevas criaturas humanas. Lo nuevo. Lo por venir.
Diacronía y sincronía en la co-evolución de la biosfera (ecosistema planetario –elementos bióticos y abióticos conjuntamente). Tiempo (devenir, Darwin) y espacio (el aquí y el ahora, Vernadsky).  Esta  fecunda visión se la debemos a Lynn Margulis. La conjunción necesaria.
Las bases, los fundamentos, los pilares... Biogénesis. Genómica. Microbiología. Simbiogénesis. Ecología. Evolución. Biosfera (Gaia). Biosemiótica.
Evolución de los somas, de los cuerpos, de los fenotipos, de las criaturas… En tanto la sustancia viviente única, la sustancia genética (el plasma germinal),  permanece inalterable y una desde su origen. Esto ha de tenerse en cuenta.
El ser (único) que somos. La sustancia viviente única. El plasma germinal virtualmente imperecedero.
*La luz y la materia viviente. La luz parece ser el único elemento ajeno al planeta que interviene en la generación de vida. La luz es esencial para la vida. No sólo la luz, también el agua. El agua, la luz, el aire, la temperatura… electrones, determinados átomos, determinadas moléculas… La gravedad, la presión… Los factores abióticos.
Un planeta que alberga vida es un planeta vivo. Un planeta que vive y evoluciona como un todo (lo biótico y lo abiótico).  No es autosuficiente, empero, necesita de una fuente de luz.
Relativa autonomía e independencia de la vida en el cosmos. Necesita cierto ambiente, cierto entorno… La materia viviente necesita de la materia no viviente para ser. Esto es así. No sólo su mismo ser esta constituido de materia no viviente (átomos y moléculas), sino que no podría mantenerse, o reproducirse, sin ciertas sustancias a su alrededor.
No es un proceso autopoiético puro. La vida no ‘es’ independiente de su entorno –al margen o a pesar del entorno. La naturaleza físico-química de la materia viviente está unida inextricablemente a su entorno (físico-químico también).
La sustancia viviente aislada de fuentes de ‘alimentación’, o de un entorno abiótico adecuado, es como sustancia inerte. Esto debería resultarnos obvio. Pero esta dependencia no borra la distinción de la materia viviente de la materia no viviente, ni la primacía de ésta en lo que concierne a las cosas de la vida.
Un cosmos biótico, viviente también. Una materia viviente consciente de sí.
Decir vida es decir materia viviente, es decir sustancia genética, es decir plasma germinal, es decir sustancia viviente única.
*Necesitamos una ‘teoría’ sintética, integral, acerca de la vida en el cosmos; acerca de su identidad también (qué cosa sea; las sustancia implicadas). Cómo y dónde se origina o puede originarse (las condiciones primarias, necesarias), cómo se mantiene y se perpetua, cómo se prodiga, cómo se relaciona consigo misma, cómo se comunica consigo misma, cómo evoluciona, cómo aparecen los ‘filum’, las especies… La interacción con el medio –las ‘biosferas’, las ‘gaiias’ posibles. En definitiva, necesitamos una historia de la vida; necesitamos tener clara nuestra propia historia; necesitamos una autobiografía desde nuestros orígenes.
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Hasta la próxima,
Manu

miércoles, 27 de diciembre de 2017

169) Eterna sombra


Eterna sombra.


Manu Rodríguez. Desde Gaiia (27/12/17).

 

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*El triunfo, una vez más, de la mentira. Los políticos independentistas catalanes, los más mentirosos de nuestra reciente historia, han vuelto a ganar las elecciones. La mentira es más rentable que la verdad.
¿Puede una comunidad, una sociedad, un pueblo… fundarse en la mentira? Si, indudablemente. Y la prueba incontestable la tenemos en el pueblo judío. Sus sacerdotes urdieron aquello del pueblo elegido, y el pueblo les siguió. Fue un auto-engaño muy productivo. Y lo fue tanto más cuando consiguieron que otros pueblos así lo creyeran. El cristianismo, una secta judeo-mesiánica creada para difundir semejante cuento entre las naciones, lo consiguió. Los pueblos cristianizados perdieron sus culturas, sus tradiciones, el nexo con sus propios antepasados; adoptaron (o fueron obligados a adoptar) las creencias y tradiciones del pueblo judío –con todas sus consecuencias. Ahora el dios de los judíos ha devenido para tales pueblos el único dios, y el pueblo judío el único pueblo elegido entre todos los pueblos. Mayor triunfo no se podría ni siquiera haber imaginado.
Si, la mentira es más rentable que la verdad.
Hoy a la mentira se la llama posverdad. Hoy es en la política donde triunfa la mentira. Hoy, como ayer, los que urden mentiras ganan, los que juegan a la verdad pierden.
En el juego de la vida los tramposos y los violentos ganan la partida. Es un mundo donde la mentira y la violencia triunfan una y otra vez, y donde los veraces y los pacíficos llevan siempre las de perder.
Toda la historia de los humanos, al menos desde que tenemos memoria, desde comienzos del neolítico histórico (hace unos seis mil años), está plagada de engaños y violencias colectivas. Los engañados y violentados son constantemente usados como fuerza de trabajo, o como brazo armado. Las superestructuras, las ideologías (religiosas, jurídicas, políticas…), son tan sólo instrumentos de alienación y de dominio en manos de los tramposos y los violentos –siempre aliados.
Las oligarquías dominantes, los sistemas de poder –y sus beneficiarios. Las ‘clases’ dominantes, los ‘poderosos’. A los más, a los muchos, se les convierte, a la fuerza o de grado, en mano de obra o carne de cañón.
Los ‘amos’ se suceden y todo sigue igual. No hay cambios, ni perspectiva alguna de cambio. ‘La noche se amontona sin esperanzas de día’. Es siempre la misma historia. De un lado los menos dirigiendo, urdiendo, maquinando, del otro los más (las masas) movilizados, dirigidos, manipulados, instrumentalizados. Los ‘listos’ y los ‘tontos’. Los instrumentos de movilización (los engaños colectivos): ayer la ideología religiosa, o la fe común,  hoy las ideologías políticas ‘liberadoras’ (el comunismo o el socialismo, la democracia…), o la patria o nación. Las muchedumbres, una vez adoctrinadas, se dejan conducir, hacen lo que se les dice que hagan –para conseguir la ‘libertad’, la ‘justicia’, la ‘democracia’, la ‘nación’… En el calor de las movilizaciones no advierten su calidad de instrumentos, de útiles en manos de los menos –los verdaderos amos de la situación. Los únicos responsables son aquellos que siembran la división, el odio, el resentimiento, el enfrentamiento… los únicos que sacan algo de la contienda –los ‘listos’, los poderosos, los menos… 
Los menos y los más, los pocos y los muchos. Entre unos y otros es preciso encontrar un espacio, un lugar donde vivir lejos de unos y de otros; lejos de la mentira y de la violencia destructivas. Lejos de los listos, de los formadores de opiniones colectivas, y de las muchedumbres alienadas, idiotizadas, enloquecidas.
Desviar la vista de la penumbra, de la oscuridad, de la noche. Es una vida absurda las que nos hacen vivir, una vida sumida en la estupidez, en la violencia, en el engaño… Perdemos el tiempo, perdemos la vida. Necesitamos un lugar fuera, un lugar aparte de la locura y del horror. Un lugar lo más cerca posible de la creación, y de la verdad. ¿Dónde ese lugar? Necesitamos luz, claridad, vida.
El espacio ‘entre’. No la interfase, sino lejos, fuera. Otro lugar, otro espacio, otra vida.
Hay un espacio ya construido, ya habitado, donde la verdad y la belleza gobiernan las vidas. Hay una humanidad creativa y luminosa que ama el conocimiento y la sabiduría. Hablo de los aislados, de los solos; de los excluidos de la contienda; de los no vistos, de los no seguidos, de los no escuchados.
Una  sabiduría fundamentada en las ciencias de la vida es el conocimiento que más nos concierne, pues nosotros somos la vida. Es un saber que nos habla del ser que somos, y nos habla de la unidad de la vida. No hay sino una sola vida. Una sola sustancia viviente, una sola esencia; una y la misma en el árbol y en el ave… Es una unidad, es un Uno.
¿Por qué no somos uno? ¿Qué nos divide y nos enfrenta? Ideas y palabras probadamente engañosas nos dividen y nos enfrentan; desgarran nuestra esencial unidad; desgarran el Uno que somos. Así andamos, dentro y fuera, en lo grande y en lo pequeño, divididos y enfrentados. Por nada, por naderías; por cosas inexistentes; por graves ficciones, por mitos, por mentiras.
Camino de la verdad y de la belleza; del conocimiento, del arte, de la creación. El camino de los solos, de los unos. Uno con el cosmos, uno con  la vida. El camino de la unidad. No lejos, ni fuera, sino dentro de la vida, del cosmos, del ser.
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Hasta la próxima,
Manu